martes, 14 de octubre de 2008

De vuelta


Muchas gracias por todos los comentarios que he recibido sobre mi Inventario. Dice Clarissa Pinkola Estés que los amigos que nos aman y contemplan calurosamente nuestra vida creativa son los mejores soles del mundo y en ese sentido ustedes, mis amigos, son mi luz y mi alimento. Y gracias al que es mi esposo e insiste en sacarme a la luz desde mis escondrijos. Aquel texto fue el final de un proceso de duelo cuya primera etapa, digámoslo así, cerré antes de venirme, un balance para saber con más exactitud cual era la ganancia y la perdida y pasar al siguiente paso.... porque más allá de la vivencia bipolar de reír y llorar, desplomarse y levantarse de los últimos meses, yo necesitaba ponerle palabras a la vivencia, elaborar, porque si no todo se reduce a la impresión del caprichoso embate emocional del que no saco nada en limpio y poco a poco hasta el recuerdo de la sensación se va olvidando...

Estoy de vuelta. Es curioso volver a algo que es conocido pero de lo que no te acuerdas. Siento que camino en punta de pies, como si no pudiera pisar firmemente la tierra. Es como aprender a andar, poder utilizar el desequilibrio para moverme en una dirección, más allá de la inseguridad y el riesgo de caída. Entiendo porque los niños necesitan un entorno seguro para afianzar los apoyos y una rutina para delimitar el tiempo y el espacio... necesito un trabajo, una casa y continuar un proyecto de vida y de familia.

Todo aquí parece explotar, la vida se abre paso salvajemente: las nubes parecen titanes celestes, los árboles con sus diferentes tonalidades de verde y su crecimiento asimétrico y exagerado, la lluvia que cae como si el cielo fuera a romperse en pedazos, el caos del tráfico y la manera improvisada de hacer de la gente y al mismo tiempo en medio del ambiente frenético, la posibilidad de hacer cosas, la oportunidad para crear, la apertura, la tierra vírgen, el movimiento.

La gente dice que es duro volver, yo no he pasado de la contemplación, el asombro y la sensación de desubicación. A veces hasta encuentro semejanzas. El pasado 12 de octubre un cura recordaba en la misa de domingo, que celebrábamos el comienzo de la evangelización, lindo nombre para decir homogeneización, imposición e irrespeto a las diferencias. Más de 500 años después seguimos reproduciendo los errores de nuestra madre (llámese Iglesia, llámese Patria) y creemos que unidad significa igualdad de pensamiento; que oposición denota oponerse a todo lo que el otro haga, culparlo en lo posible sin proponer alternativas y sin buscar conciliación; y evangelizar es adoctrinar y aconsejar porque soy yo quien sé lo que le conviene al otro, en una relación sutilmente vertical sin preguntas, sin escucha, sin acompañamiento real. Ya sé que contrario al dicho, todos los gatos no son pardos y hay gente aquí y allá, trabajando por hacer las cosas diferente, pero comentarios como ese me ponen los pelos de punta.

Hay cosas que parecen ir más allá del lugar y la época, cosas que pertenecen a la naturaleza humana, quizás a eso podrían referirse las palabras de Bolívar: “ Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. No a una creencia soberbia de que todo lo podemos, o que nosotros somos los buenos y por eso lo lograremos, sino a tomar en cuenta esa parte de la naturaleza humana que destruye, que lo deja todo en ruinas, que sabotea y que además nos constituye y que antes de dominar debemos aceptar y comprender para sólo entonces ponerla al servicio de la creación.

Aquí estoy, desde mi ventana, rogando porque mi animus sea lo suficientemente fuerte para empujarme a la acción, mientras trato de entender cual es mi lugar en ésta mi casa.


lunes, 4 de agosto de 2008

INVENTARIO


Caminatas nocturnas sin miedo tercermundista
las bibliotecas municipales
los amigos cercanos y lejanos
el verano en chanclas, la mala facha
el mar besando la ciudad, el topless
los calçots, el fuet, el cava y el vichy catalán
la lengua de hablarle a los niños
los horarios de trenes y autobuses
un día de invierno con sol espléndido y cielo despejado
antiguas piedras medievales, signos de barbarie y civilización
rocas de Gaudí y Subirachs
y del macizo de Montserrat
el fuego de San Juan bajo mis pies
recuerdos inventados de Ciutat Vella
la calle Aviñón de las señoritas de Picasso
Las Meninas de la calle Montcada
la sombra de Mujer y Pájaro al atardecer
Nube y silla, puño y letra de Tàpies.
Todo esto me fue dado en comodato y yo lo acepté sin más
apenas alcancé a plantar un roble nupcial
a enterrar un filamento de mi propia raíz en este suelo.
De nada habría servido esconder el don bajo tierra
de nada tratar de retenerlo para siempre
todo pasa
y esta madre no suelta prenda sin rédito
lo que es de esta tierra aquí se queda.
Yo me voy, no soy de aquí
llevo sobre la frente el estigma de Ulises
sin siquiera estar segura de que exista Ítaca.
Me voy a descubrir América
el agua tibia del Caribe
quizás mi casa me espere.
Me voy de esta ciudad que te roba el corazón
arrancándolo de raíz
para ofrecerlo al dios Sol Mediterráneo.
Adiós a esta tierra con heridas de guerra
de gente agria que no mira a los ojos
de sardana autocontenida.
Salgo de esta ciudad misteriosa y mezquina
ciudad de todos y de nadie
cara prostituta cosmopolita
meada por guiris y locales.
El tiempo de quedarme ya ha pasado
pereció exangüe mientras dormía
dejándome otro duelo y su hacienda:
un botín de plata en mis sienes
una alianza de oro en mi anular
llagas en los pies de tanto andar
fe en la cruz de cada día
el deseo por la letra y la materia
y un amor descarnado por esta tierra y su gente.

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domingo, 8 de junio de 2008

Adiós Eugenio

Cada vez que alguien conocido muere además del sin sentido que nos queda en el cuerpo, uno recuerda la propia fragilidad que es al final la de todos, sin importar quien seas o cual haya sido tu contribución al mundo. Pero cuando además quien muere ha dejado una obra valiosa para muchos, removido pensamientos, sentimientos, o tocado de manera sutil algunas almas, queda la sensación de que en este mundo infame, la gente de buena veta es la que se va.
La muerte de Eugenio Montejo es una de éstas. Su voz ha hecho eco de mi propia voz en un trecho de mi historia. La última vez que lo vi y lo escuché fue en un taller de poesía en Corpbanca, en julio de 2004, en Caracas. Ese momento marcaría una nueva etapa de mi vida en la que me vendría a España. Ahora cuando el regreso a Venezuela es inminente y después de haber rescatado del olvido una de sus antologías semanas atrás, Eugenio Montejo precede mi vuelta a ese trozo de “tierra redonda y verde”. Ya no será la misma que dejé, habrá perdido un hijo.
Voy con un libro suyo bajo el brazo en estos día, leyendo sus poemas en metros y autobuses, en silencio. Voy conversando con él en ese espacio textual sin tiempo donde uno puede escuchar la voz de los ausentes, voy haciendo memoria y homenaje a quien dejó su cuerpo sembrado bajo tierra pero se fue para quedarse. Escucho su despedida en el Adiós de Jorge Silvestre segura de que en unos de esos barcos en los que siempre partía y después de haber amado y seguir amando habrá llegado a Manoa.
Aquí dejo un poema suyo que comentábamos hace unos días en casa:

            LO NUESTRO

Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa
con el temblor del mundo,
el tiempo, no tu cuerpo.
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando,
se despertó contigo una mañana
cuando quiso la tierra
Tuyo es el tacto de las manos, no las manos;
la luz llenándote los ojos, no los ojos;
acaso un árbol, un pájaro que mires,
lo demás es ajeno.
Cuanto la tierra presta aquí se queda,
es de la tierra.
Sólo trajimos el tiempo de estar vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro;
la llama que arde con la vela, no la vela,
la nada de donde todo se suspende,
eso es lo nuestro.