sábado, 10 de octubre de 2009

Por haberlo visto


El jueves 8 de octubre se estrenó en el sótano 1 de Parque Central, el montaje Por haberlo visto, basado en poemas de Juan Carlos de Petre, fundador y director del grupo Altosf. Me ha costado poner en palabras todo el recorrido histórico-emocional- esencial que significó para mí ese día. Creo que después de casi un mes de haber asistido al estreno, el inicio de este mes de noviembre que arranca con la fiesta de los santos y los difuntos me da algunas luces.
La sensación desde la antesala hasta que puse la cabeza en mi almohada era de reencuentro y resumen de la vida, más allá de la circunstancias y las historias, e incluyéndolas también. Cada persona convocada tenía un nombre y un vínculo con ese espacio y el resto de las personas en diferentes grados y matices. Como ocurre en esas fiestas comemorativas y también en los velorios, en que la gente se reencuentra después de mucho tiempo. El tiempo había pasado, ya no éramos los mismos y sin embargo persistía la memoria del abrazo fraterno, la alegría de estar juntos, la sensación de estar en casa.

La obra en sí misma es evocadora pero no desde la nostalgia sino desde la Esperanza, con mayúsculas, que no es ilusión sino memoria de la posibilidad. Eso es lo que consigue la poesía, recordarnos la voz del alma, mostrarnos el camino de regreso a la fuente. Y en este sentido entonces ser capaz también de mostrar una visión, un recorrido vital, una historia particular y todas las historias humanas al mismo tiempo. Una historia que comienzó antes de nosotros y continuará mucho después de nosotros pero aun con nosotros.

La música fue otro elemento que me sorprendió gratamente, con voz propia como el texto, a la vez distinta y junto a él. Sumado a la poesía y la música, estaban el movimiento, la voz, el color, la luz, la expresión, el resultado una creación hermosa, simple y profunda "un concierto de almas recitando en el teatro" con gran valor dramatúrgico.

Además de convocar gente, la obra convocaba otras obras, pasadas y queridas. Recordé también a los ausentes, a los que ya no están entre nosotros y a los que no pudieron asistir. Todos ellos estaban también allí. Me imagino que así debe ser "la comunión de los santos", una congregación de personas que acuden al llamado de ser fieles a sí mismas, de escuchar un susurro en su alma, de re-unirse más allá del tiempo y del espacio y crear lugares de salvación, ser pequeños fueguitos, como dice Galeano, que mantengan encendida la Esperanza en este mundo que se cae a pedazos.

Dice Marcopolo, un personaje de Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino:

"El infierno de los vivos no es algo por venir, hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio"

Aceptemos el riesgo, no estamos solos, estemos atentos y vigilantes. Demos espacio a la creación. Yo creo en la posibilidad, por haberlo visto.